Aforo incompleto por Sandra Barrera Martín.

 

 

Prólogo

 

 

Sandra Barrera Martín no es poeta. Ni siquiera es estudiante de filología, ni actriz; tampoco pintora ni modelo. En realidad es una matrioska que alberga multitud de formas escondidas tras capas de curiosidad y de deseo. Sí, si tuviera que definir con una palabra a esta polifacética madrileña nacida hace veinte años en Carabanchel elegiría Deseo. Es su deseo infinito el que la convierte en una artista multidisciplinar y camaleónica. Escribe porque desea escribir; pinta porque desea pintar; actúa porque desea actuar; y no creo que pudiera elegir sola una de sus innumerables pasiones aún siendo apuntada con una pistola en la cabeza, obligándole a escoger. Seguramente moriría. Cambia de habilidad como cambia de color de pelo; y es justo ese deseo innato el que impregna todo su universo creativo. Echémosle la culpa a él de la existencia de este libro, su primer po

emario, una colorida red de poemas y pinceladas de prosa poética que nos empapan de un amor tangible, doloroso, asfixiante. Sandra ama con el rojo intenso de la sangre, con el amarillo abrasador del desierto, con el azul inmenso que comparten mar y aire; ama de forma salvaje, anatómica, primaria. El deseo desgarra dentro y fuera de su piel, cualquier músculo o hueso puede ser partícipe del éxtasis o la desgracia: “agárrate a mis vértebras, / acaríciame con los dientes, / párteme los huesos / en un abrir y cerrar de brazos”. Todo su cuerpo ama, y a la vez, todo su cuerpo sufre porque su amor es una moneda con dos caras contrapuestas fundidas con el mismo níquel.

La ausencia del amado late en todo el texto; un amado literario que singulariza varios amantes reales, gozados y sufridos a lo largo de su vida. Sandra lleva la contemporaneidad a los orígenes de la poesía castellana, a nuestra tradición más primitiva: las jarchas; breves poemas de origen árabe que no eran sino lamentos de una mujer por la ausencia del habibi, del compañero de andanzas amorosas. Un habibi que más tarde se convertiría en el “amigo” de esas cantigas de amigo tan aclamadas en el siglo XIV, aún vigentes en el siglo XXI gracias a los versos de Sandra Barrera Martín: “Tu ausencia me desquicia / agarrada a mi pecho, / clavada en mis entrañas / siempre que tu verso no me acaricia”. La diferencia radica en que nuestra joven poeta no llora, hierve, por el deseo abrasador que contiene o desboca en sus entrañas. El deseo carnal impregna el libro de matices sensuales y nos muestra una voz poética que no lamenta la ausencia de un amado idílico, sino de un amante pasional del que poder disfrutar en el juego de las sombras: “Me da pereza dejar de morderte, / dejar de acariciar tu sonrisa, / cada pliegue de tu piel”.

Sandra ha encontrado una voz poética que aúna cuerpo y deseo, anatomía y erotismo: “Yo sé del fluir de la sangre en mis arterias, de las palabras que me desnudan, de los roces que me rompen y de los dedos que me excitan”. Una Voz propia, a pesar de su juventud, generada directamente de su “yo” más íntimo, tras pasar por un breve, pero intenso, recorrido por otras voces que fueron cruzándose en su camino para pigmentarla y convertirla en lo que es hoy. El lector, quizá, no llegue a percibir ese color del que bebió Sandra cuando escribió tal o cual poema, el estilo predominante de esa voz que le aconsejaba o le proponía. Fue una buena alumna, sin duda, y tuvo varios mentores, coaches y profetas; fue, es y será, la protegida de un montón de hermanos mayores sin sangre compartida salvo la sangre que emana del arte colaborativo y la poesía.

El teatro me regaló a Sandra cuando apenas contaba con dieciocho años de edad. Era contagiantemente joven, derrochaba creatividad y energía, tenía hambre de mundo. La conocí entre bambalinas, es cierto, aunque realmente la descubrí entre versos, entre sábanas y, cómo no, entre sonrisas que fueron moldeando una amistad escrita con el sudor de mi pluma y la bondad de su tintero. Puedo afirmar, literariamente hablando, que Sandra, para mí (y con permiso de sus padres) es como una hija, y, por tanto, este libro, por analogía, sería una especie de nieto; un nieto del cual puedo presumir con orgullo.

El latinismo verbo volant scripta manent, “las palabras vuelan, lo escrito permanece” fue pronunciado por Cayo Tito al senado romano, como también fue convertido, por Ángel González, en el poema “Para Nada”. Su primera estrofa sirve como base a Sandra para comparar la frágil inestabilidad de la palabra, que vuela de un oído a otro, sin detenerse, con la fugacidad de ese amor que te llena tanto, tanto tiempo y que, poco después, te deja hueco, vacío, roto. “Trabajé el aire / se lo entregué al viento: / voló, se deshizo, / se volvió silencio”. Sandra es consciente del tempus fugit; y da a la vida tantos zarpazos como le dejan sus afiladas garras cargadas de sueños, con la mera excusa del carpe diem del que presume (en realidad, ambos presumimos).

Sandra Barrera Martín disfruta de los días (y de las noches), no cabe duda, pero también sufre; sufre por el deseo de sentir intensamente cada paso que camina. Y sufre de amor, desde luego, como cualquier heroína, sea del siglo que sea, porque sufrir por amor no es un signo de debilidad, sino de constancia y fortaleza. Se lucha por lo que se quiere y, en querer, a Sandra, pocas personas la ganan. Podría decirse, incluso, que su deseo roza el masoquismo cuando hablamos de ese amor que ya se ha superado pero, antes de partir, ha dejado una cicatriz de recuerdo. Cuando Sandra acaricia sus cicatrices un extraño placer de añoranza invade su cuerpo: “Yo sé que debo dejar de pintar tus sombras y de escribir tus suspiros. Pero es que me gusta que el sabor de la ausencia endulce las llagas de mi boca. Me gusta que no estés aquí y me gusta no mirarte a los ojos y saber de tu mirada. Me gusta mi soledad de ti”.

Como cualquier “abuelo” que se precie no quiero terminar sin alabar una de las grandes cualidades de mi nieto: los finales. Abundan en el texto estrambotes o coletillas, normalmente de dos versos, que cierran el poema de una forma rotunda y certera: “El mar es un diálogo perdido / de orillas separadas por el viento” o “Tú en mi copa, yo en la tuya / y el universo borracho”. A veces el cierre, es, directamente, un disparo a bocajarro, un zarpazo que te deja desangrándote de rabia y de lirismo tras el punto final del poema: “Sabía que, como siempre, / terminarías volviendo; / y te esperé, / te esperé / para echarte / como a un perro”.

Os contaré un secreto. Me siento un poco Saturno al confesar que no puedo dejar de devorar este libro, de saborear a mi nieto, al igual que paladee a mi “hija” literaria (su madre), catando estos versos adictivos, deliciosos. Este festín poético ya está listo para servir y estáis todos invitados a la mesa, el Aforo, aún, está Incompleto. Degustemos los bajos fondos y las glorias no benditas de un amor de poca cara y mucha cruz; un amor que, a fin de cuentas, cualquiera de nosotros ha disfrutado y sufrido. Brindemos por este manjar y descubramos, juntos, todas las sombras que cohabitan en el ser humano y que debemos llevar a cuestas en el empinado balance de la vida. ¡Salud!

 

 

Alberto Guerra Obispo

 

Aforo incompleto