Sexposiciones

 

Diosas de carne y verso.

 

ALBERTO GUERRA

La tinta en el cuerpo, el cuerpo en la página

 

 

Manuel Vázquez Montalbán en su poema «Otoño cuarenta» incluye, a modo de intertexto exoliterario, un fragmento de una canción del Dúo Dinámico:

no,

no es posible el amor, es un sueño

romántico

Con ello, el escritor barcelonés subraya el fracaso que tiene la idealización del amor en la vida mundana de los hombres y las mujeres. El «estilo de esta canción —explica el escritor en su Crónica sentimental de España— ya prometía la futura revolución biológica». Quizá Vázquez Montalbán se equivocaba, quizá no, pero lo que es seguro es que el amor de la mitología hollywoodiense y de todas nuestras lecturas de juventud —incluyendo al pobre Bécquer, tan vituperado debido a su romanticismo; autor del que muchas veces olvidamos su tremenda calidad literaria y rítmica— no existe, ni en la vida, ni en la realidad, ni en Los Ángeles, ni en Roma, ni en Marruecos, ni en Montánchez (Extremadura). Ni siquiera en las habitaciones o en los baños del Motion Hostel de Madrid. El amor, pues, es otra cosa.

Juan Ruiz, hace ya unos cuantos siglos, nos enseñó que existía en el mundo un amor —el loco amor— que desechaba los requiebros y los juegos castos de miradas fugaces en misa y en el mercado; un amor donde los amantes iban directamente al grano. Y sí, curiosamente, a estas relaciones puramente carnales y versales las llamó el sabio arcipreste amor. Amor. Amor. Amor. ¿Acaso el amor, en uno de sus hemisferios, no es contacto, cuerpo, saliva, sudor, vello y, al fin y al cabo, sexo? Ya lo decía Jaime Gil de Biedma, aludiendo a John Donne, en su «Pandémica y celeste»:

 

Para saber de amor, para aprenderle,

haber estado solo es necesario.

Y es necesario en cuatrocientas noches

—con cuatrocientos cuerpos diferentes—

haber hecho el amor. Que sus misterios,

como dijo el poeta, son del alma,

pero un cuerpo es el libro en que se leen.

 

«[...] un cuerpo es el libro en que se leen.» Alberto Guerra Obispo, que ha estado solo y también con cuatrocientos cuerpos diferentes —más o menos—, lleva haciendo letras, sílabas, palabras, oraciones, párrafos y páginas enteras de esta experiencia amatoria desde que salió a la luz su ópera prima Séxtasis. Nacimiento, vida y muerte de una poética (Madrid, Pigmalión Ediciones, 2012), labor que continúa en su segundo poemario: Sexperiencias. Los Cuatro palos de la baraja del Amor (Madrid, Séxtasis Ediciones, 2015). En esta nueva obra guerriana, Sexposiciones. Diosas de carne y verso, el poeta recupera la tradición erótica iniciada ya en Séxtasis —sí, la obra de Guerra ha creado una tradición muy representativa, aunque solo sea en la literatura de su propio autor, habiendo ahora ampliado sus horizontes hacia la novela y el cuento—, pero nada tiene que ver con esa tendencia que llevamos algunos años escuchando en los círculos de poesía madrileños, donde, sobre un soniquete absolutamente monótono, los jóvenes escritores mezclan la cursilería y los lugares comunes propios de la poesía adolescente con palabras como polla, coño, menstruación, aborto o—su favorita—follar. Charles Bukowski no hacía eso, eso no es el dirty realism; lo notable y destacado de Bukowski es su intención, su mensaje, y por ahí transita la poesía de Guerra. Versos canallas que describen la realidad tal y como es, con sus dichas y sus desdichas, sin necesidad de disfrazarla con tópicos literarios. Guerra se moja, se empapa; la tinta de sus versos salpica al lector como las alquitaras que podemos encontrar en la obra poética del malagueño Diego Medina Poveda. El ritmo de su poesía es el ritmo frenético de una puerta, de una cama o de un suelo golpeado fuertemente por dos cuerpos que simulan que se matan para volver a vivir una vez más. La poesía de Alberto Guerra es sexo, pero también es vida, pues el poeta no se las da de mujeriego; el poeta sueña, como todos soñamos, y no solo mujeres reales son la diana de su lira. Dentro de estas diosas, las diosas de verso, podemos ver a la mítica Venus o a Sherezade, con su pelo y su piel morena, mujeres, musas, fuentes del deseo que todos hemos sentido en las noches de fuego y soledad.

Ya en Séxtasis y en Sexperiencias Guerra acompaña sus poemas de ilustraciones e imágenes, todas ellas salidas de la mano, como no podría ser de otra manera, de mujeres. El mismo proceso lo encontramos ahora en Sexposiciones: las imágenes de siete fotógrafas distintas caminan de la mano de los nuevos poemas de Guerra. Pero el tópico de que una imagen vale más que mil palabras es un completo absurdo, así como afirmar que una palabra vale más que mil imágenes. No podemos comparar elementos artísticos que están en los antípodas los unos de los otros; todo lo contrario: hay que alcanzar, como bien ha sabido hacer Guerra en las páginas que siguen a este prólogo, el maridaje armónico de conjugar la imagen con la palabra, con el fin de poder transmitir, con todos los elementos posibles, la expresión de la lucha de la piel con la boca, del arriba con el abajo, en definitiva, la expresión más exacta y más nítida del erotismo.

Hombre y poeta. Letra y entrepierna. Carne y verso. Sexposiciones ofrece a la joven poesía española un nuevo enfoque del erotismo, más radical, más vital, más realista, y también una visión de reiteradas dualidades en la representación. La figura prometeica del poeta busca en la hoguera húmeda de sus diosas la luz que le permita dar con el instrumento, con la lengua, con el color preciso para cantar al mundo que es hombre y que ama, que es amante y que ama, pero que, asimismo, no siempre hay días que habita junto a otro cuerpo y que, en palabras del propio autor,

 

hay días, también

que quiero plegarme hacia el infinito

y no ser hombre, ni carne, ni verso,

hay noches que eres solo una locura,

un templo del placer hecho persona,

y hay noches, también, que me pregunto

si merezco morir de incertidumbre,

si merezco vivir por un «te quiero».

 

 

Sesi García

Alcobendas, 15 de agosto de 2015